La semana pasada entré a un local de la zona para hacer algunas compras, y una señora le pidió permiso al dueño del local, para llevarse una revista de Lomas y su gente.
Están para que se las lleven, acotó el señor.
- Gracias, ya lo sé, respondió la señora. Hay varios artículos interesantes.
- Bueno, acá tiene al autor de alguno de ellos. “Cosas de la vida”,
- ¿Usted es Rafael? , me preguntó.
-Así es.
- Ah bueno, ¡Mucho gusto! A veces estoy de acuerdo con las cosas que usted escribe.
- Sí, a veces yo también, le contesté.
- Usted debe estar de acuerdo todas las veces. Si es usted mismo quien lo escribe, me contestó riendo.
- No necesariamente. Cuando me siento a escribir, desparramo sobre una hoja todo lo que se me viene a la mente en ese preciso instante. Salga lo que salga y quede como quede.
- Pero usted se inspira en las cosas de la vida, ¿O no?
- Sí, jaja! Mas bien, en “Cosas de la gente”. La gente hace cosas. Cosas buenas, cosas malas y cosas locas. Como usted podrá notar, inspiración nunca me va a faltar. Y cuando alguien escribe o cuenta alguna historia de la realidad, no significa que siempre tenga la razón. Uno escribe según como vivió o sintió dicha situación. A veces uno escribe en un momento de enfado y sale de una forma muy distinta a si la hubiera escrito en un momento de tranquilidad.
- Ay, Rafael……me está mareando.
- Se lo explico mejor. Tanto cuando escribimos como cuando leemos, puede suceder lo mismo. La mente de cada uno trabaja de acuerdo a las circunstancias que esté atravesando en un preciso momento de la vida y el sentimiento que la situación produzca en nuestra mente, será reflejado al momento de escribir la historia. Por ello una nota que puedo escribir hoy, tal vez al releerla una semana más tarde pueda pensar “¡Qué loco, cómo me zarpé! o quizás, que fui demasiado suave.” Por otro lado, y por poner un ejemplo al azar, si yo escribo que estoy cansado de que la remisería de al lado de mi casa estacione sus autos arriba de mi vereda, y usted es dueña de una remisería, tal vez entonces no esté de acuerdo con mi nota. Pero si usted es una simple vecina de un remisero, seguramente lo va a estar.
Obviamente que más allá de que estemos de acuerdo o no, lo cierto es que la culpa no siempre es del chancho, sino del que le da de comer. Más allá de la carencia de “don de gente” o de la falta de respeto, de aquel que pone su auto sobre nuestra vereda o delante de nuestro garaje, es obvia la existencia de un municipio que hace la vista gorda a situaciones como esta o similares.
- ¿Usted vive en esta zona?
- No, pero seguramente en todas partes se cuecen habas. Si usted paga todos sus impuestos al día, entonces usted tiene derecho a que ningún auto pose sus ruedas sobre las plantas de su jardín.
- Y qué haría usted en un caso como este.
- Lo que hago siempre. Matar al remisero.
- Ajjjjajjajá, no se vaya por la tangente que yo le estoy hablando en serio.
- Veo que tiene sentido del humor. Bueno, supongo que lo que haría sería escribir para polemizar. Luego que cada uno saque sus propias conclusiones.
- Pero debe haber una ley que no permita que sucedan estas cosas.
- Lo ignoro, no soy abogado. No sé si el municipio debería revisar a quién o en dónde se permite la habilitación de ciertos negocios o si por el contrario, el mismo, debería comenzar a dictar cursos de “Respeto y don de gente”, que para algunos deberían ser obligatorios.
- Jaja! Usted me hace reir. Personalmente parece más simpático que cuando escribe.
- Ah, sí. Cuando escribo soy antipatiquísimo. A propósito. ¿Cuál es su nombre?
- Mariana, ¿Por qué?
- Encantado, Mariana. Me ha sido de mucha inspiración.
- No se le va a ocurrir poner mi nombre en su nota ¿No?
- ¿Por qué no? Son cosas de la vida.
- ¡¡Ayy, ¡¡No!!. ¿Me quiere hacer famosa, usted?
- Obviamente. Usted sabe que apenas aparezca su nombre en “Lomas y su gente”, de ahí a la fama, hay sólo un paso.
- Jajaja, ¡Qué loco! Bueno, si quiere póngalo, no hay problema.
Me despedí de Mariana. Ella se llevó del comercio un ejemplar de la revista y la ansiedad por la próxima nota. Yo me llevé tres litros de detergente para limpiar las manchas de aceite de mi vereda y un silencioso y sereno eco de placer, producto del reflejo de una dulce sonrisa y una mirada sincera. Combinación difícil de encontrar en estos tiempos.