Paseando por las calles de Lomas me encontré con Oscar, un colega de años, empezamos en la profesión allá por el año 75.
- Hey, Oscar, ¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo!
- Rafaaa!! ¡Qué alegría encontrarte!
- ¿Cómo andan tus cosas?
- Bien, me contestó, aunque su voz no se condecía con su mirada. Sobreviviendo, agregó.
- ¿Estás con problemas? Se te ve cansado (y algo envejecido, pensé)
- Igual que todos. Muchos gastos, poco trabajo, poca salud, mucha desilusión.
Sus ojos se humedecieron por un momento y apoyé mi mano en su hombro. Tal vez él esperaba un abrazo. Si bien él sólo había dicho unas pocas palabras, su mirada y el tono de su voz habían dicho muchas. Mi mente intentó por un momento viajar a la velocidad de la luz para imaginar lo que por la suya pasaba. Pero de pronto comprendí que no hacía falta pensar demasiado. Todo era muy evidente. Lo que seguramente le ocurría a él, en mayor o menor medida, le había ocurrido a todos, me refiero a los que fueron como él, honestos, trabajadores, padres de familia, hombres de bien al fin.
Tuve muchos momentos de felicidad desde que me casé, me dijo. Con cada uno de mis tres hijos, con mi esposa, dentro de mi casa. Mantuve siempre los hombros erguidos y la sonrisa a flor de labios una y otra vez. Pero te juro que ahora no puedo.
Oculté los problemas económicos lo más que pude, nunca tuvimos lujos, pero a mi familia no jamás le faltó las cosas esenciales para vivir.
- A propósito, ¿Cómo está tu señora?
- Falleció el año pasado. Siempre fue débil, y el desastre comenzó cuando nos atrasamos tres meses en el pago del alquiler de la casa. Ahí no pude seguir fingiendo con mi sonrisa. Tuve que contarle la verdad.
- Cuánto lo siento. Era una mujer muy joven.
- Sí, pero de corazón frágil y no soportó el disgusto. Fue una tras otra. Ya dos meses atrás había fallecido su padre de un infarto luego que perdió la fábrica.
¿Qué podía decirle a Oscar entonces? ¿Que fue una casualidad? ¿Que esas cosas no matan a nadie? ¿Que levante el ánimo, que las cosas van cada vez mejor como siempre dicen nuestros gobernantes? No. No podía levantarle el ánimo de esa manera. No soy bueno para fingir sonrisas. Siempre fue una persona fuerte pero ahora se veía realmente vencido. Por otro lado, ¿A cuantas personas conocemos que fallecieron luego de perder en un día, lo que lograron con el esfuerzo de toda una vida? Sería bueno que en el próximo censo preguntaran en cada casa, si sufrieron la muerte de algún familiar a causa de esto. La estadística nos asombraría.
- Mi corazón tampoco da más, Rafa, continuó Oscar. Mis hijos ya son independientes pero veo que están sufriendo las mismas cosas que pasé yo. Viven al día y a veces no les alcanza para llegar a fin de mes. Y yo, sin nada, sólo con mi bronca por no poderles dar una mano. No tengo nada para vender y un negocio a punto de cerrar. ¿Te acordás cuando nos juntábamos a charlar con la banda del barrio? Cada uno con sus sueños, que eran sueños comunes. Tener una casa, formar una familia, tener un auto y de vez en cuando poder irnos de vacaciones. En el grupo nadie estaba en política. Pensábamos en lograr nuestras ilusiones sólo a través del estudio y del trabajo.
- Sí, me acuerdo. ¿Cómo podría olvidarme de todos ellos? ¿Los ves de vez en cuando?
- Ya no. A veces me los cruzo por la calle como hoy a vos. Hasta hace unos diez años atrás, todavía nos juntábamos algún que otro fin de semana para comer un asadito. Pero ahora eso es imposible. Cada uno en lo suyo y con sus propios problemas. Resulta cómico, pero en el país de la carne, nosotros no podemos comprarla.
- Sí, el granero del mundo, jaja, disculpame que me ría, pero resulta irónica y tristemente cómica la situación. Me río por no llorar, bah, al igual que vos.
- Cuánta nostalgia, hermano. ¿Cuándo fue que empezó a cambiar todo?
- ¡Ufff....!, Esa es una larga historia. No la ignoro, pero tampoco la quiero recordar. Sólo sé que fue culpa de todos, una cosa trajo a la otra y así estamos.
- Sí, tenés razón, tampoco quiero hundirme en la nostalgia. Lo que sí recuerdo era que teníamos fe en nosotros mismos, y muchas ilusiones. Que caminábamos por la calle a cualquier hora sin miedo a que nos pase algo. Corrías a veces el riesgo de que algún malviviente te asaltara, pero nadie te mataba por unas pocas monedas como sucede ahora. No veíamos chicos en la calle limpiando parabrisas, no era común ver gente durmiendo en la acera. Hoy no pego un ojo hasta que sale el sol y hasta saber que mis hijos están sanos y salvos en su hogar.
- Así es Oscar, para beneficio de unos pocos y bajo la vista gorda de otros muchos, fuimos para atrás, viviendo la vida de sobresalto en sobresalto, y cargando con el dolor de nuestros muertos en democracia.
Sería fácil para mí, volver a apoyar mi mano en el hombro de Oscar y decirle que no se preocupe, que esto no va a durar, que los malos van a desaparecer, pero sería una mentira. Si esto lo estuviera diciendo en una radio, mañana todos lo olvidarían. Pero lo estoy escribiendo, para que no suceda. Para que te quede grabado en la mente.
Te lo escribo más grande, por las dudas, “Sería una MENTIRA”.
Cuando el presidente da un discurso, queremos creerle. Cuando habla un sindicalista queremos creerle, cuando habla alguien de la oposición queremos creerle, cuando habla el intendente, cuando hablan los pobres, cuando hablan los ricos. Queremos creerle a todo el mundo, porque no queremos matar la ilusión de que podemos mejorar. Pero luego los medios nos muestran que una fracción se agarra a los tiros con otra para ocupar algún puesto vacante, entonces sabemos que estos personajes no están luchando por un país mejor si no, por sus propios intereses. Y entonces, tenemos más muertos para sumar en democracia. Si tuvieran la intención de hacer algo por el bien de todos ya lo habrían hecho. Gobierno y oposición unidos para bien. La historia vuelve a repetirse una y otra vez. Irónicamente, lo más decente que le escuché decir a un político en los últimos tiempos es “Tenemos que dejar de robar por algún tiempo”
- Oscar, no sé de qué forma podría levantarte el ánimo. Sigamos teniendo Fe.
- Sí, claro, me contestó con gesto displicente. ¿Qué otra cosa nos queda?
A continuación me extendió su mano para despedirse, yo tenía las manos en la cintura y le dije, ¿Qué hacés marmota? Vení, buen hombre, dame un abrazo. Mojó mi hombro con sus lágrimas, motivo de su tan reprimido dolor de años.
Se fue caminando despacio, como no queriendo llegar a ningún lado. Yo me quedé parado en la esquina, con ganas de seguir abrazando gente. |