Es curioso como en la vida, cuando menos uno se lo imagina, surge una situación que pone a prueba nuestros sentimientos. El domingo pasado, cuando mi esposa y yo acompañábamos a mi papá hasta un parque cercano, me encontré con Andrés, mi vecino. Mi papá anda con mucha dificultad, por culpa de una trombosis que le afectó a parte del cuerpo. Mientras mi padre y mi esposa se alejaban, el vecino se me acercó y me comentó que ellos estaban viviendo una situación muy similar, ya que su padre ahora estaba en sillada ruedas.
Andrés me dijo que ellos habían solucionado el problema, metiendo a su padre en una residencia de ancianos. Según él, era lo mejor, pues su padre estaba bien atendido y podían visitarlo cuando querían. Esta solución, que él me aconsejo, les evitaba cambiar su rutina y podían seguir disponiendo y disfrutando del tiempo libre, para emplearlo en otras cosas.
Quizás alguien pueda ser feliz y disfrutar de su tiempo libre, depositando a sus padres en un asilo. Pero que triste tiene que ser para los padres, verse almacenados entre desconocidos.
Esa tarde de domingo, mientras estaba sentado en el parque, junto a mi padre, no podía dejar de pensar en las palabras que Andrés me había dicho. Yo miraba a mi padre, que estaba conversando con mi señora, y me fijaba en sus manos, su cara arrugada y su cuerpo vencido. Y pensé en su dura vida de trabajo, ya desde su infancia. Pues a los seis o siete años, lo mandaban por los montes de su pueblo a cuidar el rebaño de ovejas, aguantando heladas, nieve, lluvia, frío o calor. Sus hermanos mayores se fueron yendo y él quedó encargado de la casa y de sus padres. Su madre, (mi abuela) estaba enferma y mi padre desde chico cuidaba a mi abuela y ayudaba a su padre con el ganado y las tierras. El pueblo estaba en una zona donde había que andar por altas montañas, con caminos muy estrechos y escarpados, llevando pesadas cargas al hombro.
Este hombre que está junto a mi, bajó de su pueblo acompañando a su padre hasta la ciudad, que estaba a unos cuantos kilómetros, porque su padre había perdido la visión de un ojo y era necesario operarlo del otro, con urgencia, para que mi abuelo no quedase ciego. La ingratitud de la vida, hizo que el agradecimiento fuese solo para el hermano mayor, que completó la segunda parte del viaje, llevando a mi abuelo hasta Barcelona. Pero si mi padre no hubiese cumplido la primera parte, bajando del pueblo con urgencia a su padre, mi abuelo habría quedado ciego.
Mi padre ahora está vencido por los años y la enfermedad, pero se arriesgó y fue a la Argentina, con 24 años. Allí trabajó muy duro, como muchos españoles. Mi padre empezó trabajando para sus hermanos, lavando copas en un bar y repartiendo leche con un carro. Simultaneaba los dos trabajos sin apenas dormir, intentando ahorrar dinero para independizarse. Mi padre no disfrutó de su juventud, porque trabajaba todos los días, incluidos, sábados, domingos o festivos.
Mi padre por fin, con mucho esfuerzo, se independizó logrando el sueño del negocio propio, gracias a una sociedad con otros compatriotas. Ese negocio fue un bar, que estaba en Lomas de Zamora. Pero como vivíamos en la capital, entonces él tenía que levantarse a las cuatro de la mañana, tomar un tren hasta Retiro, luego el subterráneo a Constitución y después otro tren hasta Lomas de Zamora. Mi padre, muchas veces, aunque ya había terminado su turno, alargaba su jornada sin tener obligación, para ayudar a sus socios, porque en la noche de los sábados y domingos, a la salida de los cines, el bar se llenaba de clientes. En aquellos tiempos, los bares no cerraban por la noche. Mi padre, aunque llegaba cansado del trabajo, siempre tenía un momento para mí. Tanto mi mamá, como él, me dieron todo lo que pudieron. Nunca me faltó cariño, comida, ropa y juguetes. Su comprensión y consejos, ante los problemas que se me presentaban, siempre fueron un gran respaldo para mí. Recuerdo muchas veces que él llegaba cansado del trabajo, con los pies hinchados, por andar todo el día con la bandeja sirviendo mesas, y todavía tenia la paciencia de sentarse junto a mí y ayudarme con los deberes.
Mi papá trabajó muy duro para que yo tuviese lo que él no tuvo. Serian necesarias muchas hojas para plasmar en ellas todo lo que me dieron mis padres. Por eso, ¿cómo voy a meter yo a mis padres en una residencia de ancianos y dejarlos en manos extrañas, que no conocen sus gustos o sus manías y que para ellos son solo un trozo de carne con nombre, que hay que cuidar?
Yo he tenido la suerte de tener lo mejores y mas cariñoso padres de mi mundo y pienso disfrutar de ellos hasta el ultimo momento, aunque me cueste (que me cuesta) mucho trabajo y esfuerzo lograrlo. Es triste llegar a viejo y descubrir que esos seres que nacieron de ti, te meten en un asilo para quitarse un estorbo de encima y disfrutar de la vida. Una vida que no hubiesen tenido, si esos padres hubiesen sido tan egoístas comos sus hijos.
Un saludo. Carlos A. Ochoa Blanco
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