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Año 6
Nº 83
MAYO | 2009

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AVENIDA MEEKS

Camino muy despacio y te descubro
siento el chirriar de un tren a mis espaldas
aroman los azahares mi camino y la hiedra
se enrosca en las arrugas de una sombría tapia.

No recuerdo paisaje más armonioso y bello
que tu contorno irisado, donde se funden
infinidad de gamas. Veo tus casas
suntuosas mansiones que ayer vieron pasar
una volanta oscura con una joven pálida.

Esta es la misma calle que antes cantó Cristina
Castellanos y ese enorme poeta que fuera Alberto Franco
señor de liras y baladas. Amó los villancicos
los versos románticos y hasta el mismísimo Gardel
le cantó un tango.

Fondeando la calle Paz, está la morada
del padre Arancedo. Una heredad divina
donde estuvo primero la estación ferroviaria.
Atalaya es ahora el aldabón de bronce
y un fantasma aburrido que duerme en la cornisa.

También está el hogar de un santo de estos días.
No entiendo cómo exhiben una placa rectangular y fría
que dice: Dr. Marcos Eserequis. -No va-
ahí debían colocar un corazón inmenso...
con su rostro, su alma y una tierna sonrisa.

No hay lugar, recoveco o rincón escondido
que albergara juntos a tantos inmortales
que se han ido.
Nombro al Dr. Carlos Voss, médico y prócer
a Isabel Marengo que gorjeó en el Colón
y a Felipe Boero el autor de "El Matrero".

Tampoco creo que sea justo olvidar los amigos.
Vivía en lo que muchos llamaban
el paso de la muerte: esquina Garibaldi
Oscarcito Sauda, concejal, funcionario
e importante político. Sin embargo él sólo memoraba
a Magaldi, Evita... y aquí mejor no sigo.

Se nos fue el "Splendid" y el "Gran Lomas"
agoniza el "Avenida". Se llevaron con ellos
la alegría, el romance de pibas quinceañeras,
a Tom Mix, Kem Mainard, Chaplin y la "Catita".

Brújula mirando al sur. Extraño el café "Florida"
y la mesa de Gordillo. Calle que fue la primera
con piedras, muros, rejas y veredas.
La casa de Pío Ricagno no ha arriado aún sus banderas.

Tu final, es el clásico final de calle de pueblo.
El hotel, la plaza triste, la estación ferroviaria,
los cocheros, y esa rubia de la mirada ausente
que nunca se supo qué esperaba.

Carlos Mujico
Autorizado a publicar por su Sra. esposa
Soledad  M. R. de Mujico

 

 


 
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