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Año 5
Nº 71
Mayo | 2008

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La Ponedora


Así llamábamos a una de las gallinas que teníamos en la granja en tiempos de mi infancia. Ponía sus huevos y cacareaba como la mejor. Valeria Lynch hubiera sido un poroto al lado de ella. El campo era grande pero ella estaba en todos lados. Cuidaba el nido, y de reojo vigilaba a sus pollitos. Ni Maradona hubiera podido cubrir mejor la cancha. Tenía más carácter que cualquier gallo del lugar. Y guai si se le acercaba alguno cuando a ella le dolía la cabeza. Cuando entraba en el gallinero, inmediatamente se abría un surco a su paso. Todos saltaban hacia donde podían.

¡Qué tiempos aquellos! Pensé. En esa época, la gallina no era la única que ponía huevos. Tanto los peones como los patrones de los campos se deslomaban de sol a sol para ganarse el pan. No había motos ni 4 X 4.

Quizás un Ford A o una Chevrolet 51 que sólo se utilizaban para alguna emergencia o para acercarse hasta el pueblo que estaba a más de cuarenta kilómetros. El resto se hacía a puro carro o sulky, a pié o a caballo.

Todos cumplían con la jornada aunque tuvieran 40 de fiebre. El campo no podía esperar. Había que ararlo, sembrarlo o cosecharlo. Había que ordeñar las vacas, darle de comer a los cerdos y cuidar las ovejas. Recoger los huevos cuando la Ponedora no se daba cuenta y cuidar la quinta. Llevar a los chicos a la escuela, hacer las compras en la Cooperativa , cargar el tanque del tractor, y mantener una charla de minutos con los otros granjeros. Todas las familias del lugar ponían lo que tenían que poner para llevar la “empresa” adelante. Lo que sí recuerdo, y recuerdo muy bien, es que nadie salía a cacarear como la Ponedora. Ninguna mujer le decía a su marido “Mirá todo lo que tuve que hacer hoy” o “Mirá todo lo que hice por vos, y ni cuenta te das”.

Tampoco lo decían los maridos. Todos tiraban para el mismo lado. Todos conocían el sacrificio del otro.

Incluso cuando alguien no se sentía demasiado bien, lo callaba para sus adentros para que el otro no se preocupara. Esto también sucedía en las grandes ciudades. Todos trabajaban a la par en cada familia cumpliendo con sus respectivas responsabilidades. Al menos en el 80% de los casos. Para las mujeres el trabajo era el de ama de casa y en otros casos en una fábrica textil. Aún recuerdo el ruido de las máquinas. En Argentina había muchas fábricas. ¡Cuánta nostalgia!

Hoy, en la rutina del diaria vivir, me doy cuenta de como cambiaron las cosas desde entonces. Creo que si aún quedara alguna fábrica funcionando ninguna mujer de clase media estaría dispuesta a ponerse el guardapolvo. Aparte quedaría ridícula. Con guardapolvo gris y la cara toda pintarrajeada. Ah, sí, porque si no se pintan, para algunas, eso sería como salir en bolas a la calle. Pintura y perfume, collares, cadenas y anillos. Y por supuesto, muchos hombres no se quedaron afuera de esta modalidad. Y los que ya no saben que más ponerse, comienzan a hacerse tatuajes, colgarse aros de las cejas, la nariz, el ombligo, los testículos y hasta del clítoris.

Podría comparar a muchas personas, con la gallina del relato. Con una pequeña diferencia. Ella era la Ponedora. Y cacareaba con razón luego de haber hecho su trabajo. Hoy, a muchas personas podríamos ponerle un nombre parecido. La Posponedora.

Sí, un nombre similar y que lo único que podrían tener en común con la gallina es el cacareo. Pero solamente por el tono chillón y por el tiempo que se toman para hacerlo. La persona Posponedora, por lo general no hace nada y cuando llega a un lugar empieza con su lastimero cantito. Pobre de aquel que le haya tocado vivir con alguno/a de esta especie. El cacareo es una eterna queja. “Dame tres meses y empiezo a buscar trabajo”, hoy no porque me duele la cabeza”. “Quiero estudiar, pero las hemorroides me están matando”. “¿Por qué decís que no hago nada? Mirá como brilla toda la casa. Estuve todo el día dándole órdenes a la mucama.” “¿Que colabore con quééé? Vos estás loco, mirá tu amigo, tiene tu misma profesión y la mujer no hace nada, él le dá todo, le dá.” (Sí, porque encima son medias/os grasunes, son). “No tengo tiempo de nada, el día no me alcanza. Tengo que depilarme, cortarme el flequillo, poner el reloj en hora, teñirme el pelo, visitar al ginecólogo, darle de comer al perro ¿De dónde querés que saque tiempo y fuerzas para laburar?”. “Estoy cansada/o, estoy deprimida/o, estoy enfermo/a, me duele la cabeza, y encima el verdulero me encajó una manzana podrida, me cagó el día”

Y sí, a la/el Posponedor/a se le cagó el día y a vos que vivís o transcurrís con él/ella, sentís que se te está cagando la vida.

El cacareo de esta gente es insoportable y para colmo, como sus neuronas son todas miopes, no se dan cuenta de lo que hacen. Y lo que hacen es, escudarse las 24 horas del día tras la queja para no hacer nada. Y con tanto cacareo a vos te resulta dificil concentrarte en tus cosas y por lo general te sale todo mal. Pero no decís nada, porque apenas se te ocurra esgrimir la única queja del año, vas a ser bombardeado por una metralla de cacareos insoportables y recuerdos de quejas históricas. Sí, porque este tipo de gente, debo reconocer que tienen una memoria envidiable, como todo aquel que no tiene muchas cosas en que pensar. Por ello es que de un momento a otro pasan de ser histéricas a históricas. El 24 de mayo de 1985 me hiciste tal, el 4 de octubre del 92 me hiciste cuál.....sí, lo recuerdo clarito, eran las 14 horas, 23 minutos, 12 segundos.

Transcurren los días, las semanas, los meses y los años y hasta al más tranquilo del planeta, se le acaba la paciencia. Entonces recapacitan y deciden cambiar algo. Algunos salen a comprar cigarrillos y no vuelven más. Otros optan por morirse, porque con mucha razón, piensan que por fin van a poder descansar en paz.

Si te tocó en suerte casarte con un/una Posponedor/a, no hagas locuras. Si tenés auto, subite y acelerá y viajá y viajá hasta que encuentres gente que no hable tu idioma. Conseguí trabajo de cualquier cosa, buscate una pareja sencilla y disfrutá de todos los años que te quedan por vivir. Si no tenés auto, rompé el chanchito y tomate un micro, o subite a un avión. Pero no vuelvas, no mires atrás, y por sobre todas las cosas, rompé el celular antes de salir.

Cuando llegues a destino, se te van a caer algunas lágrimas y desde el fondo de tu alma vas a gritar ¡Soy libre.....libre..al fin...liiiiiibrrreeeeee!!! ¡Có co ro cóóóó!

 

Saludos cordiales,                
Rafael Ablin


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