EL RINCÓN DEL EMIGRANTE

CARTAS DEL EXTERIOR



Gijón, España

Hola Roberto:

Este es el comentario sobre un recuerdo que afloró en mi mente, cuando leí lo del almacén de Bértola. En fin, quizás no sea importante para los demás, pero para mi sí lo es, porque forma parte de mi historia personal. Es esa historia que todos tenemos y que cuando volvemos a nuestro viejo, barrio hace que en nuestra mente aparezcan recuerdos, que teníamos dormidos. Por eso quien sigue viviendo cerca de su barrio o en su barrio de la infancia, es como si tuviese una especie de apuntes o datos en clave, que él conoce, y que mantienen vivo sus recuerdos del pasado.

Pero bueno, como dicen por aquí, no quiero enrollarme más. Así que aquí va mi comentario.

RECUERDOS DEL ALMACÉN DE BÉRTOLA

Al ver en "Lomas y su Gente" la nota sobre el almacén de Bértola, recordé la infinidad de veces que pasé y pasamos, mis padres y yo, por esa esquina camino de la estación o al centro comercial de Lomas.

No era nuestro almacén habitual, aunque mi mamá algunas veces compraba allí. Pero nuestros almacenes habituales, por razones de comodidad, eran el de la esquina de Cevallos y Balcarce y el de Cevallos y Sarandí.  Esto era porque al estar más cerca de mi casa, yo podía ir a comprar con la típica libreta de hule, donde el almacenero anotaba la deuda, que se pagaba a fin de mes.

Es decir, que de estos almacenes tengo un tipo de recuerdo distinto, que está más relacionado con sus actividades mercantiles. Pero del almacén de Bértola, el recuerdo no es comercial, sino que está relacionado con un suceso que yo presencié y que quizás contemplado ahora, en el siglo XXI,  parece insignificante, pero si nos situamos a mediados del siglo pasado y pensamos que fue presenciado por un niño de siete u ocho años, que vivía en un barrio de Lomas  tranquilo y sin violencia, quizás se comprenda mejor por qué ha quedado en mi mente.

El suceso del cual fui testigo, ocurrió una noche de carnaval, de finales de la década de los cincuenta. En ese momento mis padres y yo regresábamos a casa para cenar, después de haber estado en el Corso que se celebraba en la calle Boedo. El Corso continuaba con bailes y actuaciones más acordes para los mayores. Y cuando digo mayores, quizás hay que matizar que se trataba de jóvenes de 18 años en adelante, que vistos desde mi edad infantil, eran mayores.  En fin, que la cuestión es que nosotros regresábamos a mi casa de Cevallos, por Balcarce, mientras comparsas y grupos de jóvenes disfrazados iban para el Corso de Boedo. Total que al llegar a la esquina del almacén de Bértola, unas personas que iban disfrazadas, saludaron a mis padres y se pararon a conversar con ellos, disimulando la voz.

Las mascaritas en plan de broma, esperaban que mis padres adivinasen quienes eran, cosa que por cierto nunca supimos. La cuestión es que mientras mis padres conversaban con los disfrazados, en la esquina, casi en penumbra, debido al pobre alumbrado público de la época, al cual se sumaba la sombra de los árboles, yo me entretenía mirando los disfrazados que pasaban. Algunos de los cuales, en aquel ambiente, daban miedo. En ese momento, desde Cevallos, venia un grupo de cinco o seis disfrazados, armando alboroto con pitos, cornetas, matracas, bombo, etc. 

Una de las mascaritas llevaba una especie de porra o palo, que hacia juego con su disfraz y al pasar junto a la vidriera del almacén de Bértola, que da a Balcarce, le pegó un fuerte golpe a la base de mármol de la vidriera. No recuerdo ahora con exactitud cual de las dos esquinas del mármol era, pero creo que fue la izquierda. La cuestión es que aquel golpe rompió un trozo de la esquina y a mi aquello me impacto, pareciéndome en aquel  momento un gran delito, ya que nunca había presenciado algo similar.

Aun apreciamos después de 50 años, el mármol
con el pedazo faltante
. Los que pasen y lo vean,
ya saben como ocurrió.   

Por eso hoy al leer en "Lomas y su Gente" la nota sobre el almacén de Bértola, recordé mi pequeña historia, que en su momento para mi fue un suceso importante, ya que en un barrio como Cevallos, en la década del 50, no veíamos este tipo de cosas, que hoy cualquier niño está acostumbrado a presenciar en vivo o por televisión. Incluso muchos niños ya participan rompiendo cabinas de teléfono, rayando coches o estropeando letreros de negocios, con el fin de “colgar” las fechorías en Internet. Por eso quizás mi anécdota puede parecer ridícula, pero tengan en cuenta, que si antes a una mujer le robaban su cartera, era algo extraordinario, hoy lo extraordinario es que no se la roben.
Pero bueno, este es mi recuerdo sobre el almacén de Bértola. Quizás ya no exista ese mármol, pero la última vez que pasé por esa zona, fue a mediados de 1975 y todavía estaba rota la esquinita del mármol.

En fin, hoy ya en el 2008 es un dato sin importancia, guardado en mi cerebro junto a otras cosas que forman parte de mi historia personal. Curiosamente, es lo único que recuerdo de aquella noche de carnaval. No recuerdo nada de lo que pasó en el Corso o los disfrazados y comparsas que había, solo recuerdo algo que acaeció durante una charla momentánea, que mis padres manutuvieron con unas mascaritas y que no duraría más de 20 minutos.

Cuando pasen por allí, si todavía existe ese mármol al que le falta un trozo de esquina, ya saben como sucedió y que fue en una noche de carnaval, de hace 50 años.

Carlos A. Ochoa Blanco

Lomas y su Gente