Me crié en una casa donde las malas palabras no eran moneda corriente, pero en la calle, con los amiguitos del barrio, era muy común decirlas. Incluso a veces teníamos que hacer un poco de memoria para ver si encontrábamos alguna que fuera realmente mala, lo suficiente como para que el otro se enojara y termináramos intercambiando algunos golpes con la conciencia tranquila de saber que no habíamos sido nosotros los que habíamos empezado, al menos no con el primer golpe.
Pero dentro de cada casa, las malas palabras no existían. Todos podíamos mantener cualquier tipo de diálogo sin que interviniera el apodo de “boludo” para nadie.
No sé como será en la actualidad, pero incluso dentro del aula, en la escuela primaria, nadie esbozaba mala palabra alguna y si por casualidad a alguno se le escapaba sin querer, antes de que la maestra pudiera decir ni mú, ya estábamos más colorados que un tomate.
Lo mismo sucedía en la escuela secundaria, en esos tiempos, hablo de unos veinte y tantos años atrás.
Al ingresar a la facultad de ingeniería, resultó que en cada aula de entre cincuenta y cien personas sólo había dos o tres mujeres. De más está decir que todos los hombres teníamos especial cuidado en que no se nos escapara ninguna mala palabra por más inocente que ella fuera. Incluso a veces, cuando nos encontrábamos en ronda de hombres solos y a alguno se le ocurría contar algún chiste con tono elevado, si por casualidad se acercaba alguna mujer a la ronda, enseguida todos cambiábamos de tema. En ese ambiente cursamos toda la carrera.
Por otro lado, con los compañeros de estudio a veces nos íbamos de parranda y conocíamos mujeres que estaban estudiando otras carreras como medicina, abogacía o psicología por nombrar algunas. Grande empezó a ser nuestro asombro al escucharlas hablar. No tenían tapujos de ninguna índole. La que estudiaba psicología decía que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, porque eso es lo que decían sus profesores en la universidad.
Así, mis compañeros y yo empezamos a comprender que la cola en realidad era un culo,
los senos un par de tetas y el pene y la vagina……..bueno, ustedes ya saben.
Luego en nuestras charlas de café, mis compañeros y yo no hacíamos otra cosa que hablar de ello.
-¿Viste como hablaba la rubia?
-Si, debe ser media loquita.
-Y bueno, vamos para adelante, total, nadie habla de casarse con “algo” así.
-Seguro.
Y nos reíamos todos. No nos hubiera extrañado escuchar palabras obscenas de alguna mujer criada en los barrios bajos, pero éstas eran de clase media para arriba y nos costaba un poco entenderlo.
Los años iban pasando y el encuentro con mujeres libres de complejos dialécticos era muy común. Tanto que al final, si en medio de alguna conversación no metías alguna sandez acompañada de una palabra obscena, empezabas a sentir que eras un reverendo boludo chapado a la antigua.
Concluyo a mi entender, que el uso de malas palabras en familias de nivel medio para arriba, tuvo su origen dentro de hogares de “gente mal venida a bien” o de personas aburridas o cansadas de que nada nuevo sucediera en su vida, o en su defecto, cansadas de lo que sí estaba sucediendo, y la mala palabra tal vez se convirtió en el sinónimo perfecto de ¡Basta!!! Y luego fue asimilado por sus hijos al fin. ¿Quién puede saberlo con seguridad?
Obviamente, pasó el tiempo e irónicamente en forma paralela con el avance de la tecnología en pro de construir un mundo mejor, también se incrementó el deterioro de la palabra, la educación y las buenas costumbres.
Supongo que también es una de las posibles causas del desempleo. Revisás los clasificados y trabajo hay.
Lo que falta es “Gente” con todo lo que abarca esta palabra. En pleno siglo XXI no puede haber personas que se coman las eses al hablar, no puede haber personas que tengan que hacer fuerza con sus neuronas para que no se les escape una mala palabra en la oficina o en el colegio, y tampoco puede haber personas que hayan sido educadas de forma tal que supongan que para conseguir un buen puesto de trabajo no hay que capacitarse. No descarto que la imagen de los políticos sea una mala influencia para las nuevas generaciones, me refiero a ineptos con sueldos elevadísimos, pero es obligación de los padres hacerles entender a sus hijos que el sueldo se gana, no se roba y que para ello hay que estar educado y capacitado como corresponde, más allá del oficio de cada uno.
Volviendo a lo anterior, en la actualidad no es raro ver a personas muy populares, como la señora de los famosos almuerzos, que en los entretiempos de su programa, lanza al aire miles de insultos hacia todos los que trabajan con ella. Del ambiente artístico, podríamos citar muchas personas más, y de leerlo y escucharlo todos los días en los medios, se nos ha hecho común a todos. ¿Cuántos podemos pasar un día entero sin esgrimir improperio alguno ni siquiera para nuestros adentros?
¿Se podrá volver atrás algún día? Lo dudo. En todo caso, serán tan comunes que pasarán a ser unas palabras más del montón, incluidas en el diccionario de la Real Academia Española.
ANTES HOY
Perdí las llaves?……….. …… Qué tonto…………………La p…que lo parió.!
No anda la radio?................... ..Será la pila……………….Que aparato de m….?
No entendés lo que te digo?....Te lo explico otra vez........Sos un forro!!
Que si te quiero?.........................Claro mi amor…………..Pero mirá la pregunta que hacés, b…..!!
Se ganó el prode?.......................Qué suerte! …………….Qué hijo de p…
Salió ileso de un atentado…….Fue obra de Dios………Tuvo un c… a toda prueba!
No sabés dónde comprar?.......Buscaste en la guía? ...¿Te.fijaste en Lomas y su Gente?, idiota!!