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Año 6
Nº 80
FEBRERO | 2009

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¿De qué me perdí?


Desde épocas pasadas, en todo el mundo, me refiero al civilizado, las costumbres de cada familia fueron por lo general muy similares. Una pareja se casaba, tenía hijos y los educaba siguiendo la respectiva tradición de cada una. Tenés que estudiar, tenés que trabajar, tenés que formar una familia y cuanto más pronto mejor.
Cuando alguno de los hijos se resistía un poco, los padres de índole menos comprensiva, optaban por sacarse el cinturón para persuadir al retobado que de seguir en la misma postura corría el riesgo de recibir algunos azotes. Los padres un poco más modernos, optaban por empezar con alguna explicación lógica acerca del consejo que intentaban inculcarle. Entonces, era más o menos así.
“Tenés que estudiar, porque tenés que ser alguien en la vida” Pero no cualquier cosa, no me vengas con la guitarrita o la pinturita porque no vas a llegar a ningún lado. Vos tenés que terminar la secundaria entrar en la facultad y recibirte de algo. Un título es un título.
Los padres no lo decían por malos, como algunos hijos lo interpretaban. Querían lo mejor para ellos. Pero el tema resultaba muy confuso, ya que sus consejos procuraban inculcar que para ser felices siendo alguien en la vida había que seguir alguna carrera universitaria. Entonces si los chicos seguían estas recomendaciones, en un país económicamente estable, un día llegarían a ser económicamente felices. (El resto de la “felicidad”, lo trataremos en un capítulo aparte) Los chicos, ya no tan chicos, por un lado seguían los cursos de la facultad y paralelamente los que se dictaban en las respectivas casas. Así, un estudiante empezaba a relacionarse con gente del otro sexo y luego de algunas citas ya estaba todo listo para que conocieran a los respectivos padres. Volvían entonces los consejos “Con esta sí, con esta no, no te conviene por esto o por aquello, no está a tu altura, etc.” Claro, en una época no entendían que no llevaban a la casa al futuro esposo o esposa sino a un compañero/a para pasarla bien un rato si es que los padres decidieran darles un momento de privacidad en el living o en el cuarto, ya que cuando se contaba con pocos recursos económicos, la casa de los padres resultaba un sitio práctico…..y económico.
En un país como la Argentina, donde encontrarse económicamente Inestable pasó a ser moneda corriente, los sabios consejos de algunos padres terminaron siendo una falacia.
Para los padres actuales seguramente los consejos cambiaron un poco. “Si querés que se cumplan tus sueños, en primer término, tenés que aprender a bailar, a patinar, y a deslizarte por un caño” Tenés que practicar mucho para ser alguien, así que para empezar te vas a vivir tres meses a la casa de tu Gran hermano y al final podremos decir entonces que tu vida se ha convertido en una “Operación Triunfo”.
Dejando por un momento la jocosidad de lado, lo cierto es que pocos profesionales triunfan a menos que sean genios de nacimiento y en algún momento de sus vidas sean reconocidos como tales o que provengan de una familia lo suficientemente adinerada como para recibir ese tan bienvenido empujoncito inicial como para que su economía no estuviese dependiendo tanto de su desarrollo como profesional.
Por ello es que encontrar un buen profesional en la Argentina es algo que se ha vuelto realmente caótico. Cuando necesitamos a alguien, primero recurrimos a lo que comúnmente denominamos “Recomendación”. Pero esta es un arma de doble filo ya que tenemos que tener en cuenta quien es el “Recomendador”. ¡Me lo recomendó Raulito! Sí, Pero ¿Quién es Raulito? ¿Qué trabajo le hizo ese profesional a Raulito?
Para el caso de que no consigamos un recomendador, buscamos en la guía y-…. a ver …..a ver…..de repente nos acordamos de los consejos de nuestros padres y pensamos ”Con este sí, con este no”. Buscamos el nombre de la empresa o en su defecto el nombre y apellido del profesional que nos inspire más confianza. Algunos buscan un apellido afín con su descendencia étnica o religiosa cuando por ejemplo de elegir médico se trata. Así un japonés o un ruso o un griego, al buscar un traumatólogo elegirán tal vez a Chin Reuma, Clavi Kulovsky, y  Dadiar Tritis respectivamente.
¿Por qué será que en pleno siglo XXI encontrar un buen profesional se convierte en una lotería?
¿Acaso no egresan de la misma facultad?  Tomemos esa médica que hace un par de meses afirmó a un medio periodístico “Jamás denunciaría a un colega incluso si sé que está cometiendo errores graves” Esto nos da la pauta, que para obtener el título no basta con aprobar el examen final. En Carreras donde se encuentra en juego la vida de un individuo, los futuros profesionales deberían también aprobar un examen de inteligencia y por supuesto, de humanidad. Sólo por esa afirmación, a dicha “profesional” debería prohibírsele ejercer por el resto de su vida.
¿Por qué será que algunos restaurantes todavía no comprenden que por más decorado que tengan el lugar, si el baño está sucio, se convierten automáticamente en un lugar de cuarta categoría?
Luego, no saben por qué se fueron a la quiebra. Fácil, aquí también los dueños adolecían de los dos dedos de frente necesarios para darse cuenta de cosas tan evidentes.
Por ello, cuando llegamos por primera vez a un lugar, elegido al azar, entramos con cierta desconfianza. Así, al visitar a un médico o a un dentista, lo primero que hacemos es mirar minuciosamente los diplomas que el susodicho tiene desparramados por toda la pared. En qué facultad se recibió, en qué año, cuántos cursos realizó, el color del marco de los diplomas, si están derechos, etc. –No se confundan…..no soy un neurótico maniático…..soy realista - Luego viene la exploración minuciosa del lugar verificando que no haya ni un rastro de polvo o suciedad alguna, en las paredes o en el piso. Por fin entramos al consultorio. Le inyectamos una mirada penetrante y fugaz al doc, la suficiente como para que se de cuenta de que somos bastante perspicaces como para ser engañados. El doctor nos invita a sentarnos junto al torno y allí vamos, pero caminando hacia atrás, y ante la mirada perpleja de él, hacemos de reojo un nuevo reconocimiento del sector, pisos, paredes, diplomas, sillón, guardapolvo y todo aquello que pueda tener algún rastro de suciedad u óxido. Si todo está en orden, respiramos hondo y nos entregamos con un 50% menos de ansiedad, a que nuestra boca sea inspeccionada. Si algo no nos gustó, ay..ay…ay…doctor, discúlpeme pero ando con el tiempo justo, yo sólo vine para averiguar cuánto me costaría hacerme un blanqueamiento. Luego, salís del consultorio y te volvés a tu casa no sin antes pasar por la farmacia a comprarte un kilo de analgésicos porque la muela te está matando.
Entiendo que muchos no se pueden dar el lujo de que su empresa, oficina o consultorio brille como el Vaticano. Que tampoco en principio pueden tener alcance a herramientas o equipos de última generación para desarrollar su respectiva tarea. Muchas veces un excelente profesional o empresario debe empezar de muy abajo. Pero ser humilde no es sinónimo de ser sucio. Por otro lado seguramente existe gente muy bien formada y capacitada que quizás es desprolija en extremo, pero la primera impresión es lo que cuenta y a la hora de elegir seguro quedará al último.
Y por supuesto, todos también nos encontramos alguna vez en lugares de lujo con profesionales de cuarta. Y sí, dirá alguno, ya sé que es mejor ser rico y sano que pobre y enfermo, pero no se puede tener todo en la vida, jeje!
Bueno, ahora los dejo, me voy a barrer el negocio.

Saludos cordiales,                
Rafael.


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