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Año 8
Nº 91
ENERO | 2010

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YA LLEGA EL FIN DEL 2009

Al acercarse un año nuevo, noto que cada vez lo recibo con menos ilusión. En la infancia, el fin de año significa un nuevo peldaño en esa escalera de la vida, que nos llevaría a la mayoría de edad, lo cual nos abría un prometedor futuro, que parecía no tener fin. No sé lo que opinarán los niños de ahora, pero para los de mi época, esa mayoría de edad significaba entrar en la prohibitiva vida de los adultos. Los 18 años, nos abrirían lugares cuyas paredes encerraban estupendos secretos, reservados solo para adultos. Imaginábamos una vida muy especial, pues los mayores, siempre que hablaban de esos temas, cambiaban de conversación, cuando los niños nos acercábamos. Ese comportamiento de los adultos, incomprensibles para nuestra edad, nos hacía pensar que los 18 eran la puerta a la libertad. Creíamos que esa edad nos permitiría hacer lo que nos diese la gana, sin necesidad de obedecer órdenes. Desaparecería el suplicio del colegio. Tendríamos mas tiempo libre para nuestros juegos, sin tener que estar tiranizados por madrugar, desayunar, estudiar, comer, ir a particular o a gimnasia. Jugar seria algo que podríamos hacer cuando nos diese la gana. Los menores debíamos ir a dormir pronto, mientras los mayores de 18, podían ir al cine, al baile y a todos esos sitios vetados para nosotros.
Con esas ideas infantiles, la llegada de un nuevo año, era para nosotros otra puerta que se nos abría, en ese largo pasillo, que nos llevaría a la excitante y deseada vida de adultos.
Por eso, aquellas noches de Navidad y fin de año, eran prometedoras y se vivía la alegría de juntarse con todos los familiares. Aquellas trasnochadas, eran para nosotros como un aperitivo de la magnifica vida de adultos que nos esperaba.
Además, el fin de año tenia una particularidad y es que entre cohetes y bengalas, pasábamos a un nuevo año que contenía la mágica fecha del 6 de enero, donde todos los niños recibíamos gran cantidad de regalos. Luego, de mayor, supe que no todos los niños eran tan afortunados como yo. Pero claro, eso lo supe de mayor, pues en la infancia nos parecía que nuestro mundo era distinto y con menos atractivos que el de los mayores.
Al final llegó el año de la mayoría de edad. Esa mayoría tuvo cosas muy buenas, pero también trajo los problemas y desilusiones de los adultos. Una de esas desilusiones, es que vas comprendiendo que cada vez es menor la cantidad de años que te quedan por estrenar y que la carga de buenas sorpresas que contiene cada año, se va reduciendo. Además, muchos de los que te acompañaban en la infancia, ya solo están en tu memoria. Trasnochar perdió ese toque de deseo apetecible. La comida y los licores ya no te sientan tan bien como en los años mozos, de la recién estrenada adolescencia. El mágico día de reyes, se ha transformado en un día que solo adquiere cierta ilusión, si tienes hijos pequeños o ya eres abuelo.
De pronto, un fin de año te das cuenta que las primeras puertas que pasaste, en ese hipotético pasillo de tu vida, van quedando muy lejos y que la próxima puerta te va acercando más a la ultima. Es entonces cuando ya no deseas avanzar con la rapidez pedías en la infancia, porque sabes, que el año nuevo será escaso en gratas sorpresas.
Yo ya estoy en este tramo y la verdad es que es difícil ser optimista, sobre todo después del final del 2008. Fue el peor fin de año de mi vida. Lo pasé en un hospital, cuidando a mi padre y compartiendo habitación con otro enfermo, que sufría una parálisis progresiva, que le había quitado hasta el habla y que solo podía gritar sin decir nada inteligible.
Esa noche de fin de año, mientras en muchos hogares se levantaban las copas y en las calles se tiraban cohetes, en la planta del hospital, de la zona de enfermos neurológicos, había varios seres humanos (muchos de ellos solos) padeciendo el sufrimiento de su enfermedad.
En nuestra habitación solo había tres personas, mi padre, el otro enfermo, que pasó la noche dando estremecedores gritos de dolor, y yo.
Para mi pequeño grupo familiar, este 2009 fue uno de nuestros peores años. Lo malo es que el 2010 no creo que sea mejor. Por eso, desde esta situación se me hace muy difícil mirar el futuro con optimismo. No obstante, aunque casi todo esté en contra, quiero recurrir a mis recuerdos de la infancia, en mi barrio de Lomas de Zamora, y desde aquella inocencia, desearles a todos que el 2010 les traiga tanta felicidad y optimismo, como el que yo tuve en mi lejana infancia.
Ya sé que en el 2010 no acabarán las guerras, no acabará el hambre, ni acabarán todos los mentirosos que gobiernan el planeta. Pero seamos niños y por lo menos en estas fechas, dejemos que nuestra inocencia nos haga pensar que al fin, en el año 2010 habrá Paz, Amor y Felicidad para todos. Este es mi inocente deseo. ¡Ojalá se cumpla!

Un saludo. Carlos A. Ochoa Blanco

Desde Gijón España
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