REPORTAJE

MIGUEL ÁNGEL DOBAL

Llegar a Temperley es un encanto, y caminar por sus calles lo es mas todavía, voy rumbo  a la casa de don Miguel Ángel Dobal.
Es tan grato caminar por estas calles empedradas y solitarias rodeadas de casonas del tiempo de los ingleses que edificaron cuando llego el ferrocarril, sus árboles añejos, el perfume de las acacias con sus flores amarillas que se mezclan con otras especies de árboles, entre ellos el Jacaranda con sus flores
perfumadas y de un hermoso color lila, mezclándose con el verde de otras plantas, es una ciudad rodeada de historias, llegando a su casa vemos  la Iglesia de nuestra señora de  la Piedad  el templo mayor de Temperley, y más



Miguel A. Dobal en su estudio de Temperley

adelante ”Villa Grampa” una  casona de  las mas antigua  fue construida a principio de siglo XIX, entre otras casonas que jerarquizan el lugar, un lugar  que don Miguel eligió para vivir, y dar inspiración para sus dibujos.

Llego a la casa y lo primero que veo a la izquierda de la entrada, una ventana al fondo en el primer piso, y me dije, que ideal para que sea el estudio de Miguel Ángel, y no me equivoque.

En el Living de su casa me recibe, donde charlamos como amigos, con la simpatía que lo caracteriza, hablamos de su vida.

Me cuenta que hace mas de medio siglo que se fue de Bahía Blanca, fue un día de septiembre de 1945, saco su boleto de primera en la estación Sud, dejando a sus amigos que lo despedían desde el anden  junto  a Elsa, su novia que lo despedía sabiendo que iba a buscar un destino que lo estaba esperando en Buenos Aires.

Nació un 7 de enero de 1923 en Puán Provincia de Buenos Aires, y que se crió en Bahía Blanca, en Villa Rosas, un pueblito entre Ingeniero White y Bahía Blanca junto a cinco hermanos y sus padres.

A los 16 años comenzó a trabajar como dibujante del diario El Atlántico de esta ciudad. Nos cuenta que por el año 39 hacia dibujos policiales y deportivos, hasta que  en 1943 comenzó a dibujar una sección diaria de actualidad política, precisamente titulada “Actualidad”, que justamente deja para concretar sus sueños en Buenos Aires, donde su amigo Cesar Bertorini que vivía allí, le manda una carta, sabiendo  de su admiración por Lino Palacios, tal era la admiración que copiaba sus  dibujos, los de Quinterno, Columba, y Divito,  le comenta que le mande sus dibujos ,porque don Lino Palacios estaba por sacar una revista  y el se los alcanzaría para que los vea, y los mando un septiembre de 1945.

Nos dice que fue, un día inolvidable en mi vida, junto con Bertorini fuimos a verlo  a Lino, entramos y nos recibió afectuosamente, mis dibujos les habían gustado, yo lo observaba con asombro, desde que empezó a pararse, era alto, fuerte, había jugado rugby, tenía una pinta bárbara, como Clark Gable, al cabo de una breve charla en la que nos hablo de su revista “Don Fulgencio”, pronuncio las palabras mágicas, “si esta dispuesto puede empezar mañana”. Palabras que le abrieron un mundo por delante a Miguel Ángel Dobal.

Eso fue el 16 de septiembre de 1945 y el primer número de “Don Fulgencio” salió el 17 de octubre de 1945. El  día de la lealtad. Gente, gente y más gente que llegaban... Los trenes llenos de gente, era impresionante, gente por todos lados, nos dice. Y a Perón lo tuvieron que soltar. Pero el ingenio de Lino, era grande, al otro día cuando fuimos a trabajar a la revista. Lino llega y nos dice: Yo sabía que el día que sacara mi revista, saliera a la calle, Buenos  Aires se iba a conmocionar, pero nunca que se iba a conmocionar tanto (y todos nos echamos a reír). Este era el humor de Lino Palacios.

Dibujo en muchas revistas y diarios a partir de los 12 años, junto a sus hermanos hacían una revista en Bahía Blanca.

Hoy todavía con sus jóvenes 84 años, sigue en lo que es su vida, el humor grafico.

Por 1958 después de trabajar 15 años con Lino Palacios empezó en Clarín convirtiéndose en el único dibujante de Clarín, y los domingos sus ilustraciones ocupaban una página entera .Además colaboro con las principales revistas, desde El Hogar, Caras y Caretas hasta Gente. También lo hizo en diarios de la talla de la Prensa, la Razón, Crónica.

Nos señala, en Billiken también colaboré en algunas tapas. Hoy todavía conservo más de 40 originales que realizo Lino Palacios.

En un alto de la nota me llevo a conocer su estudio en el primer piso, entrar allí me emocionó y mucho, entrar en este lugar de trabajo de un grande como lo es Miguel Ángel Dobal, un ser maravilloso, humilde, sabio en las cosas de la vida, tal es así que me hablo de sus poemas, y me recuerda, acá en la esquina de la calle Avellaneda hay un muchacho que vende flores, siempre la vereda llenas de flores, es precioso verlas. La vez pasada pasaba por ahí sin ver las flores, era triste, ni el muchacho ni las flores estaban.

Triste es llegar a la
esquina de la calle Avellaneda.
En la esquina que se
cruza con la calle de la Iglesia.
Y ver que no están las flores.
Esas  flores que reflejan el cariño
que sus dueños derraman en la vereda.

Ellas les aportan gracia,
El las dispone y las riega.
Pero cuando están las flores
toda la gente se alegra
porque el color
y el perfume se percibe por doquiera.
El rojo, el azul, y el verde
en nuestras retinas juegan
el amarillo le agrega para iluminar la   escena
todo ello nos confirma que vivir
vale la pena.



Después recuerda “En Puán hice segundo grado, me cuenta de su familia, cuando por 1948 volvió a su pueblo a buscar a su novia, Elsa, y se casaron cuenta que Lino Palacios fue testigo de su casamiento y desde el 1 de enero del año 50 viven en Temperley, donde nacieron 5 de sus 6 hijos. Está orgulloso de ellos, Laura, Miguel, Carlos, Mari Inés, Juan Pablo, y Luis Maria, como lo esta de sus nietos y bisnietos.

Se levanta a las 6 y treinta, toma mate con su esposa Elsa. Le preguntamos que se siente vivir con Miguel y nos cuenta llena de orgullo, que siempre lo apoyo y que siente una profunda admiración.

La misma admiración que sentí cuando le hice la nota, un ser inigualable, un ser integro y de gran corazón.

A el señor Miguel Ángel Dobal este humilde homenaje.

 
 
Lomas y su Gente
Roberto J. Vicchio