A veces, en la vida, nos encontramos ante situaciones que nos dejan perplejos. Con la boca abierta, como quien diría, y nos cuesta acomodar nuestras neuronas como para llegar a entender de forma inmediata los hechos, antes de que se encienda la luz roja dentro de nuestra cabeza anunciando ¡Cuidado, alerta, peligro de trauma! Obviamente que las situaciones a las que me refiero, no son provocadas por los animales ni por las plantas ni por el clima, ni por el sol o la luna o las estrellas o el universo mismo. Son provocadas, por supuesto, por otras personas. Personas que nos rodean o personas que por casualidad se cruzan alguna vez en nuestros caminos. No voy a decir “por desgracia”, porque en cierta forma, estas vivencias nos ayudan a crecer y a adquirir experiencia.
Las personas que a las que me quiero referir hoy, son las que se nos acercan a solicitarnos un favor o un trabajo, habiendo planificado minuciosamente de antemano la forma en que nos irían a timar. Si sos una persona derecha y todavía nunca te topaste con alguno de esta especie, tal vez caigas en su trampa y ciertamente luego, te podrías llegar a sentir obnubilado, traumado o como quieras llamarle. Si ya te pasó más de una vez, o es que no aprendiste la lección o que todavía te negás a creer que existe más de una persona en este mundo con estas características. Hace unos días, una amiga querida,
Viviana, me comentó algo que le había sucedido. Ella, aparte de ser una persona en extremo responsable y honesta, es profesora de idiomas, y traductora oficial, entre otras cosas dentro de su extenso currículum. También pinta cuadros en sus ratos libres, que si algún día se decidiera a exponerlos en el mercado se convertiría en millonaria. Pero no lo hace, porque le da lástima venderlos. Es una persona muy sensible, de esas que lloran cuando pelan una cebolla, pero no por el ardor sino porque le da lástima la cebolla. Por eso también llora cuando tiene que cortar una papa o una zanahoria. : )
Bueno, la cuestión es que una persona se comunicó con ella para solicitarle un trabajo de traducción urgente. Trabajo que luego ella accedió a realizar. Me contó que nunca antes alguien la había enervado tanto. Desde el momento que la contrató, no dejó de atosigarla y de exigirle acerca de la forma en que debía estar realizado el trabajo y la fecha de entrega. Así, la llamaba a cada rato, de forma punzante y amenazadora recordándole cada detalle del trabajo que le requería. Incluso la convenció de que fuese ella misma la que se dirigiera a buscar algunos documentos que se necesitaban para realizar el trabajo. Más allá de estas penurias, Viviana cumplió con todo en tiempo y forma. Llegado el día, esta persona se presentó en el domicilio de ella, para retirar lo solicitado. Cuando llegó la hora de abonar el trabajo, la solicitante dijo: ¡Ay, me parece que no traje toda la plata! Aquí la disyuntiva, ¿Había que darle el trabajo o no? La muy caradura necesitaba el trabajo para ese día y para esa hora, pero ¿Se olvidó el dinero?
No, claro que no. Lo tenía planificado de antemano. Pero obviamente, la sensibilidad de Viviana pudo más que su cautela y de todos modos le entregó el trabajo. La señora le dijo que le iba a alcanzar lo que faltaba al día siguiente, pero por supuesto, no apareció, ni al día siguiente ni nunca. Así que unos días después, Viviana cayó en la cuenta, luego de hacerle un par de llamados para reclamarle la deuda, de que se había topado con una de esas “personas”. Cuando Viviana me contó esta historia, en principio y más allá de la amarga sensación que me causó al notar su congoja, no supe qué decirle. Le pasó y ahora se sentía una estúpida. ¿Cómo hacer para que se sintiera bien a pesar de todo?
Inmediatamente recordé algo que me había sucedido en carne propia hace unos cuantos años atrás. Me encontraba de vacaciones en Mar del Plata, y en un momento recibo un llamado de una amiga que estaba en Villa Gesell veraneando con una compañera de la facultad, quien la había invitado a hacer el viaje, haciéndose cargo de todos los gastos. Pero mi amiga, me llamó para decirme que su compañera se había quedado sin dinero y para preguntarme si yo le podía hacer el favor de pagarle el hotel, y que luego me devolvería el importe al regresar a Buenos Aires. Estando mi amiga de por medio, accedí de forma inmediata. Me dirigí a Gesell y les pagué los gastos de hotel. Luego las invité a volver a Buenos Aires conmigo. Mi amiga accedió, pero su compañera me dijo que se iba a quedar unos días más ya que había conocido un muchacho que la invitó a quedarse en su casa. Igual, no te preocupes, me dijo. Apenas regreso, te alcanzo el dinero que me prestaste. Ok, no hay problema, le dije, y me volví con mi amiga.
Un mes después, me comuniqué con mi amiga para decirle que su compañera aún no me había llamado para reintegrarme el dinero. Entonces me pasó el teléfono de ella para que yo me comunique. Cuando la ubiqué, le dije quién era y el motivo del llamado.
Ah!, me dijo, si bueno, la verdad es que yo no te pienso pagar nada.
¡Glup!, báh, en realidad no fue sólo un Glup, pero no puedo escribir todo lo que le dije. Estaba realmente ofuscado. Por suerte ese día tenía terapia. Me dirigí a la sesión, totalmente decaído y sintiéndome tan estúpido como también se había sentido mi amiga Viviana con su caso.
Entonces, Alberto, mi psicoanalista, me preguntó:
- Y ¿Por qué siente tanta bronca? ¿Por el dinero?
- No, la verdad es que por el dinero no es. Me da bronca que exista gente así y mucha más bronca me da al pensar que esa persona pueda estar regodeándose y cagándose de risa con sus amigos por lo que me hizo.
- Pero, ¿Qué clase de persona podría cagarse de risa de un acto como el que usted realizó? ¿Qué clase de persona podría festejar que ella pagara de tan vil manera su favor?
Esto fue suficiente para que en forma inmediata me diera cuenta de todo. Y por supuesto, me sentí bien. Entendí que existían personas así y que eso no tenía nada que ver conmigo, ni con mis sentimientos ni con mi forma de ser. También imaginé que alguno de sus amigos seguramente no sería como ella y hasta quizás le dijera ¿Acaso te das cuenta lo que estás haciendo?
Más allá de todo, reconozco que no aprendí la lección. En los últimos años he entregado trabajos a personas que me prometieron pagarlos en cierta fecha y jamás lo hicieron y son unos cuantos. De todas formas y de acuerdo a estadísticas, puedo concluir que tal vez menos del uno por ciento de la gente, posee características tan viles, y por cosas del azar, a veces nos toca toparnos con alguna. El pesar que te provoca el confiar y que te defrauden es mil veces compensado por las otras tantas veces en que confiaste y te cumplieron. Al fin y al cabo, no vale la pena vivir con resentimientos ni con culpas. Lo que pasó, pasó y ya no se puede cambiar. Son simplemente experiencias de vida, buenas o malas, pero experiencias al fin. La otra situación que uno teme al contar estas historias, es que alguno de nuestros amigos nos diga que fuimos unos boludos, pero en ese caso, sólo nos quedaría por considerar, hasta que punto, esa persona es nuestro amigo y simplemente descartarla y si el que nos dice boludo es un familiar, bueno, eso ya lo dejo a criterio de cada uno.
Saludos cordiales,
Rafael. |